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San Luis María Grignion de Montfort, un profeta con mirada de águila que fue martillo de la revolución igualitaria universal, para prever en profundidad la crisis religiosa que se venía gestando como fruto contaminador de la Revolución: la implantación del laicismo de Estado, la preeminencia de la “diosa” razón, la masacre y deportaciones de sacerdotes y religiosas, el cautiverio y muerte del Papa Pío VII, la confiscación de los bienes de la Iglesia, el divorcio, y mucho más ! El Santo sintió el odio anticatólico disfrazado con ropajes de piedad; pero no se perturbó y luchó hasta el fin. Dejó su ejemplo; dejó obras escritas extraordinarias, que tienen plena vigencia y son imprescindibles para nuestros días. También dejó su profecía de una grande y universal victoria de la religión católica para tiempos venideros. ¡Una gran esperanza!

6 de mayo de 2015

                      El arte renacentista muestra el profundo cambio temperamental y de costumbres que caracterizó la primera eetapa de ruptura con la Civilización Cristiana – Hacer click en las imágenes para agrandarlas

La Revolución gestándose en la Europa de los siglos XV, XVI  y XVII

– El Renacimiento

Instalado en Europa trajo sed de opulencias y placeres;  ocuparse mucho más de las cosas de la tierra y subestimar las cosas del Cielo.

Declina la influencia de la religión en las mentalidades individuales y sociales. Hay indiferencia más antipatía y hasta hostilidad hacia la Iglesia.

Crece el protestantismo, el racionalismo y el escepticismo. Nace el libre pensamiento.

La política se hace laica. La sociedad orgánica y cristiana va siendo absorbida por el absolutismo de Estado y va menguando la influencia de la religión en todos los estamentos de la sociedad, principalmente en las élites, que adoptan costumbres más frívolas, más libres, más fáciles.

Esto va ganando todos los ambientes. La sed de placer y de lucro aumenta. El mundanismo inunda, llegando incluso a algunas casas religiosas. Los tentáculos del mercantilismo se extienden para dominar toda la existencia humana.

– Es el Humanismo

Doctrina neopagana propia del Renacimiento que contiene las características señaladas. Su influencia se nota en todos los campos. El cuadro es parecido al de nuestros días pero no totalmente equiparable. Es que la Cristiandad generada en la Edad Media fue robusta, y quedaban fermentos vivos en las tradiciones, las leyes, la sociedad orgánica y cristiana.

La monarquía absoluta presagiaba el socialismo moderno, pero todavía los reyes eran “por la gracia de Dios”, se consideraban padres de sus pueblos en el buen estilo de San Luis IX, Rey de Francia. La vida se había secularizado pero existían vestigios de la Cristiandad. Si bien la sociedad era mundana, las disputas entre jesuitas y jansenistas tenían una resonancia enorme, que no la tendrían hoy.

En las costumbres frívolas generales había excepciones importantes. Por ejemplo: en el propio trono de Luis XIV, sus escándalos fueron reparados por su enmienda de vida después de su segundo casamiento (con Mme. de Maintenon). Mademoiselle de La Vallière hizo penitencia en el Carmelo; Mme. de Montespan murió cristianamente; el nieto de Luis XIV se destacó por sus virtudes; Madame Louise de France y la princesa Clotilde de Saboya, ambas hijas del rey, murieron en olor de santidad.

A pesar de las analogías del siglo XVI y el XX, había gran diferencia pues, en el anterior, la vida política  y social no estaba enteramente laicizada y paganizada.

En los siglos XVI, XVII y XVIII, los fermentos generados por el neopaganismo renacentista-humanista se hacen más vigorosos. Esto trajo la catastrófica explosión de 1789.

Ahora bien, aparece en este proceso histórico un gran profeta, San Luis María Grignion de Montfort…

Un profeta con “mirada de águila” fue “martillo de la Revolución”

El profeta suscitado por Dios tan oportunamente tuvo mirada de águila para prever en profundidad la crisis religiosa que se venía gestando como fruto contaminador de la Revolución (n.: ver más abajo qué es la Revolución): la implantación del laicismo de Estado, la preeminencia de la “diosa” razón, la masacre y deportaciones de sacerdotes y religiosas, el cautiverio y muerte del Papa Pío VII, la confiscación de los bienes de la Iglesia, el divorcio, y mucho más…

Nuestro Santo fue, contra todo eso, un verdadero guerrero y misionero. Fustigó el neo-paganismo e hizo cuanto pudo para apartar a los fieles de los errores del Renacimiento. La región evangelizada por él quedó inmunizada de aquellos males; tanto fue así que se levantó en armas contra el gobierno republicano anticatólico. Fue la “chouannerie”, la reacción de la Vendée.

Su acción era restauradora; su prédica enfervorizaba, era hondamente mariana, fiel a la doctrina y los mandamientos de Nuestro Señor Jesucristo, a los sacramentos, al Santo Rosario.

Su fogosidad encendía; su austeridad edificaba; su fidelidad a la Iglesia convencía. ¿Cómo hubiera sido la historia de Francia si le hubieran permitido actuar libremente? Su eficacia, por la gracia de Dios, enfurecía a los espíritus contaminados neo-paganos de la propia Jerarquía católica, a los jansenistas y a los calvinistas.

Se desató entonces una persecución abierta. Prelados, clérigos y laicos aprensivos contra la severidad de la Santa Sede en relación a estas dos sectas, en cambio deseaban penalidades contra San Luis María y no ahorraron humillaciones y hostilidades en su contra. Fue privado de misionar en casi toda Francia porque era como un martillo para la Revolución; solamente en dos diócesis le fue permitido predicar.

El Santo sintió el odio anticatólico disfrazado con ropajes de piedad; pero no se perturbó y luchó hasta el fin. Dejó su ejemplo; dejó obras escritas extraordinarias, que tienen plena vigencia y son imprescindibles para nuestros días. También dejó su profecía de una grande y universal victoria de la religión católica para tiempos venideros. ¡Una gran esperanza!

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La Revolución gnóstica e igualitaria es el proceso plurisecular de destrucción gradual de la Civilización Cristiana, que tuvo como etapas tres Revoluciones: la pseudo-Reforma protestante y el Renacimiento (I), la Revolución Francesa (II) y el Comunismo (III); la explosión de la ‘Revolución Cultural’ de La Sorbona, en 1968, fue expresión de la IV Revolución, anárquica, amoral y panteísta, que completa la obra destructora de las anteriores en un proceso de permanente radicalización (cf. “Revolución y Contrarrevolución” del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, edición online Una obra clave: Revolución y Contra-Revolución  http://rcr-una-obra-clave.blogspot.com/   ).

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 En el affiche: I) El Marqués Henri de la Rochajacqueleine, héroe vendeano – II) Salones del Antiguo Régimen y Luis XIX III) Los falsos profetas de la Revolución Francesa (Rousseau – Danton) y la guillotina – Hacer click en las imágenes para agrandarlas

Clarividencia y virtudes de San Luis María

Durante los 43 años de vida del Santo, Europa vivía su última etapa de estabilidad, tal vez la más brillante.

La monarquía gobernante de los Borbones y los Habsburgo daba en casi todo el orbe católico la sensación de seguridad general. Creaba una atmósfera de distensión -a pesar de los reveses militares de Luis XIV- basada en la estabilidad de las instituciones, la riqueza natural del país, su brillo cultural y social; en una palabra, “douceur de vivre” (n.: suavidad, dulzura de vida).

En este ambiente, de pronto llegaron noticias que produjeron inquietud, sorpresa y desprecio en el ánimo de personalidades encumbradas: en la Bretaña y otros lejanos pueblos, un sacerdote llamado Luis María Grignion de Montfort, con elocuencia sin par, conmovía las ciudades y los campos, predicando un terrible y extraño porvenir para Francia.

Y era así, con una “Oración Abrasada” que denunciaba: ‘La ley divina quebrantada, el Evangelio abandonado, torrentes de iniquidad inundan la tierra desolada, la impiedad sobre el trono, el santuario de Dios profanado y la abominación hasta en el lugar santo’.

Clamaba al Señor por venganza y justicia: ‘¿Vendrá todo, al fin, a ser como Sodoma y Gomorra? ¿Os callaréis siempre, Señor?’

Denunciaba: capitanes, potentados, navegantes, mercaderes, ladrones, impíos, borrachos y libertinos, todos unidos, congregados para hacer la guerra bajo el estandarte y el comando del demonio.

Gritaba: ‘Fuego en la casa de Dios, fuego en las almas, fuego hasta en el santuario. ¡Socorro que se asesina a nuestros hijos! ¡Socorro que se degüella a nuestros hermanos! ¡Socorro que se apuñala a nuestro padre!’

Entre tantos triunfalistas y optimistas prelados y estadistas, ninguno tuvo la clara y profunda visión de San Luis María.

Por detrás de las apariencias de espléndida tranquilidad, la sed de placer devoraba, el naturalismo crecía, la tendencia del dominio del Estado sobre la Iglesia se acentuaba y lo profano sobre lo religioso; hervían el jansenismo y el galicanismo y crecía la acción corrosiva del cartesianismo. Voltaire y Rousseau nacían cuando San Luis María aún vivía.

Antes de terminar el siglo, la vida plácida fue bruscamente interrumpida por los acontecimientos de 1789. Las órdenes religiosas se cerraron, los Obispos fieles fueron expulsados, una actriz era adorada como diosa razón en Notre Dame, corría mucha sangre en la guillotina…

Antes que eso llegara, San Luis María, con clarividencia sin par, compuso su “Oración Abrasada”, pidiendo misioneros para luchar hasta el fin. El mismo fue la prefigura de esos “Apóstoles de los Ultimos Tiempos”.

Tan excepcional visión de la realidad se basaba en sus virtudes:

gran celo por la verdad, gran amor a la Fe; rechazo total a las ilusiones y quimeras, no aceptación de la superficialidad y los esfuerzos esporádicos.

Su firme veneración por la Iglesia le hacía estar atento a sus esenciales intereses, a la moral pública y privada; a la conformidad de las leyes, instituciones y costumbres con la doctrina católica; a las tendencias de pensamiento de las diferentes clases sociales y a la intensidad de la vida religiosa.

Animaba la devoción de los fieles a la Sagrada Eucaristía, a Nuestra Señora, al respeto por el Papa; amaba la ortodoxia y odiaba las herejías, las sectas y todo lo que pudiera manchar la pureza de la Fe y de las costumbres. Todas estas cosas son esenciales para la vida religiosa, moral y temporal de un católico.

La decadencia de estos asuntos, raras veces se percibe. Sus síntomas son discretos pero típicos; exigen mucha atención y discernimiento para interpretarlos, y tacto para reprimirlos. Detectar esto supone seriedad de espíritu, dedicación, lucha y sacrificio.

Si hubo un hombre que no cometió el pecado de la despreocupación, ese fue San Luis María Grignion de Montfort. El vio todo. Y la crisis irremediable, como fruto de la imprevisión, y de hacer oídos sordos al profeta visionario, llegó con la Revolución.

Confusión, llanto, muerte…

Sólo la “chouannerie”, como flor caballeresca y santa que nació del apostolado de nuestro Santo, defendió el orden católico e hizo la contrarrevolución.

Fue el premio de la atención prestada por esos hombres fieles y valientes a la previsión apostólica extraordinaria del Apóstol.

Notas de nuestra Redacción basadas en artículos publicados por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira entre los años 1955-1970, que conservan plena actualidad

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IX Jornada de Cultura Hispanoamericana por la Civilización Cristiana y la Familia – Salta, 30 y 31 de agosto de 2013

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