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EL PADRE GABRIEL AMORTH, EXORCISTA OFICIAL DEL VATICANO, SE VIO OBLIGADO A REPRENDER BAJO LA FUERZA DEL ESPIRITU DE LA VERDAD DEL EVANGELIO DE JESUCRISTO, A UN -CARDENAL- QUE POR ESCÉPTICISMO E INCREDULIDAD NEGABA EL DOGMA DE LA EXISTENCIA DE SATANÁS. MARCOS 3:14-16 …ENTRE ELLOS, ELIGIÓ A DOCE PARA QUE ESTUVIERAN CON ÉL Y LUEGO ENVIARLOS A OTROS LUGARES PARA ANUNCIAR SU MENSAJE. LOS LLAMÓ APÓSTOLES. 15 TAMBIÉN LOS ELIGIÓ PARA QUE TUVIERAN EL PODER DE EXPULSAR DEMONIOS…

2 de junio de 2013
Padre Gabriel Amorth, exorcista.

Narra el padre Gabriel Amorth -el exorcista católico más reconocido en el mundo- en su obra “El último exorcista; mi batalla contra Satanás”, en el capítulo 7, su desencuentro con un cardenal romano que había perdido la fe en un dogma fundamental de la Iglesia Católica, en una verdad enseñada por Dios mismo en el Evangelio: la existencia de Satanás. El exorcista prefiere no dar el nombre del purpurado, pero el hecho es real y nos muestra a qué grado ha entrado la herejía modernista hasta las más altas cumbres de la Iglesia y la importancia que tiene para los laicos buscar sacerdotes que sostengan firmemente toda la doctrina de la Iglesia.  Jesús dijo: “La sal es buena; pero si la sal se desvirtúa, ¿con qué será sazonada?. Nada vale ni para la tierra, ni para servir de estiércol; así es que se arroja fuera (como inútil). Quien tiene oídos para escuchar, atienda bien esto”. (Lucas 14:34-35). Hoy muchos sacerdotes modernistas no creen ya en Satanás como lo ha denunciado no sólo el padre Amorth, sino también -entre otros- el padre Pedro Mendoza Pantoja, coordinador general de exorcistas de la arquidiócesis de la ciudad de México. La sal se ha desvirtuado. “Hay muchos escépticos entre los mismos sacerdotes”, advierte el padre Mendoza. Y agrega: “Olvidan que quien no cree en la existencia del diablo está fuera del Evangelio”. (“La Jornada”, diario mexicano del 22 de julio de 2007).

“Hay muchos escépticos
entre los mismos sacerdotes”
P. Pedro Mendoza Pantoja

A la pregunta sobre cuál es el mayor triunfo de Satanás, contestó el padre Amort: “Que consigue hacer creer que no existe. Y casi lo ha conseguido. Incluso dentro de la Iglesia. Tenemos un clero y un episcopado que han dejado de creer en el demonio, en los exorcismos, en los males extraordinarios que puede causar el diablo, y ni siquiera en el poder, que nos ha dado Jesús, de expulsar a los demonios. Desde hace tres siglos, la Iglesia Latina -al contrario de la Ortodoxa y de varias denominaciones Protestantes- ha abandonado casi, completamente, el ministerio del exorcismo. Al no practicar los exorcismos, al no estudiarlos y no haberlos visto nunca, el clero ya no cree en ellos. Pero, ni siquiera, cree en el diablo. Tenemos episcopados enteros que se muestran hostiles a los exorcismos. Hay países en los que no existe ni siquiera un solo exorcista, como Alemania, Suiza y Portugal. Una carencia aterradora” (ver AQUÍ).

 

Veamos cómo relata el padre Amorth su desencuentro con el cardenal que heréticamente niega la existencia del demonio:

—Buenos días, eminencia, soy el padre Gabriel Amorth. Soy sacerdote paulino. Vivo en Roma. Soy también el exorcista oficial de la…
—Sé quién es usted. He oído hablar de usted. Por favor, ¿qué desea?
—Necesitaría dialogar con su eminencia.
—¿Con qué fin?
—Pues bien, he formado una asociación de exorcistas. Nos reunimos en Roma para debatir y ayudarnos. Ha de saber que en el mundo somos en realidad muy pocos.
—Escuche, ahora no tengo tiempo. Si quiere puede venir a mi casa mañana. Así me dice lo que desea. Hasta luego.
 
El cardenal da por terminada la conversación telefónica de manera más bien brusca. O al menos así me lo parece. Algo me dice que no le soy simpático. Intuyo el motivo de esto. Pero sigo queriendo encontrarme con él.
 
Al día siguiente me hago anunciar en su casa a la hora señalada. Un curita muy educado entra en un salón en el fondo de un corredor. Sale pocos momentos después sin mirarme. Viene hacía mí. Entra en otro salón sin decirme nada.
 
—¡Adelante!-grita una voz ronca que imagino proviene del salón al fondo del pasillo.
 
Entro.
 
Su eminencia esta sentado en una butaca. Delante de él tiene encendido un televisor. En la mano tiene el mando. Me hace señas de sentarme en una butaca al lado de la televisión. Después de sentarme, apaga la tele.
 
—Usted quería verme. Pues aquí estoy. Cuénteme.

—Bueno, eminencia. Deseaba informarle sobre el hecho de que, en calidad de exorcista de la diócesis de Roma, he pensado convocar una pequeña asamblea de exorcistas. Somos pocos en el mundo y poquísimos en Italia. He pensado que vernos nos podrá ayudar. Es un «oficio» difícil. Así que he venido aquí solo para informarle acerca de esta iniciativa.
—Pero debe informar a Ruini (el cardenal Camillo Ruini es, en el momento en el que tiene lugar esta conversación, todavía el obispo vicario para la diócesis de Roma, el sucesor del cardenal Ugo Poletti, Nota de la Redacción), no a mí. Yo dirijo una oficina vaticana que en el papel podría tener competencia en esta materia, pero solo en el papel. El que debe ser informado es Ruini.
—Eminencia, Ruini ya ha sido informado. Le he escrito personalmente. Me parece conveniente informarle también a usted…
—Sí, sí, claro está. Ha hecho bien. Pero en cuanto a esta historia del diablo…
—¿Cómo, perdone?
—Digo que… Usted hace el oficio de exorcista, pero los dos sabemos que Satanás no existe, ¿verdad?
—¿Qué quiere decir con «sabemos que no existe»?
—Padre Amorth. Por favor. Usted sabe mejor que yo que todo esto es una superstición. ¿No me querrá hacer creer que usted lo cree de veras?
—Eminencia, me asombra oír estas palabras de una personalidad tan importante como usted.
—¿Le asombra? Pero, ¿por qué? ¿No me venga a decir que usted de verdad cree en eso?
—Yo creo que Satanás existe.
—¿De veras? Yo no. Y espero que nadie lo crea. Difundir ciertos temores no es bueno…
—Pues, sí, eminencia, no tiene que decírmelo. Más bien, si me lo permite, le sugeriría algo.
—Dígame.
—Usted debería leer un libro que quizá le pueda ayudar.
—¿Ah sí? ¿Qué libro, padre Amorth?
—¡Usted debería leer el Evangelio!.
 
Un silencio glacial reina en la sala.
El cardenal me mira seriamente sin responder. De modo que lo acoso.
 
—Eminencia, es el Evangelio el que habla del demonio. Es el Evangelio el que nos dice que Jesús expulsa los demonios. Y no solo esto, es el Evangelio el que dice que entre los poderes que ha dado a los apóstoles está el de echar a los demonios. ¿Qué desea hacer, eliminar el Evangelio?
—No, pero yo…
—Eminencia, quiero ser franco con usted. La Iglesia comete un pecado grave al no hablar ya del demonio. Las consecuencias de esta actitud son gravísimas. Cristo vino y luchó. ¿Contra quién? Contra Satanás. Y lo venció. Pero él es todavía libre de tentar al mundo. Hoy. Ahora. ¿Y usted qué hace? ¿Me dice que son solo supersticiones? ¿También el Evangelio es entonces solo superstición? ¿Pero cómo puede la Iglesia explicar el mal sin hablar del demonio?
—Padre Amorth, Jesús expulsa a los demonios, es verdad. ¡Pero es solo una manera de hablar para poner en evidencia el poder de Cristo! El Evangelio es una expresión continua de parábolas. Todas son parábolas. Jesús siempre enseñó con parábolas.
Padre Amorth
—Pero eminencia, cuando Jesús quiere usar una parábola lo dice claramente. El Evangelio dice: «Jesús les contó esta parábola». Mientras que el Evangelio distingue netamente hechos históricos realmente sucedidos, las curaciones, las enseñanzas, los reproches, los exorcismos, diferenciando a estos de las curaciones. Cuando Jesús expulsa a los demonios no se trata de una parábola, sino de una realidad. No combatió contra un fantasma, sino contra una realidad, de lo contrario se hubiera tratado de una farsa. Muchos santos lucharon contra el demonio, muchos santos fueron tentados por el demonio, piense por ejemplo en las experiencias de los padres del desierto, muchos santos realizaron exorcismos. Entonces, ¿todos habrían sido unos falsos, unos neuróticos? ¿Cómo es posible no creer en la existencia de Satanás?
—Está bien, pero aun admitiendo que fueran hechos reales, aun admitiendo que Jesús sacó los demonios, queda el hecho de que Jesús, con su resurrección, lo venció todo y, por lo tanto, venció también al demonio.
—Sí, es verdad, lo venció todo. Pero esta victoria se debe aplicar y ha de ser encarnada en la vida de cada uno de nosotros. Cristo venció, pero su victoria para nosotros debe ser reafirmada día tras día. Nuestra condición de hombres lo impone. La acción del demonio no fue anulada completamente. El demonio no fue destruido. El Evangelio dice que el demonio existe y que tentó hasta al mismo Cristo. Jesús ha dado las armas, nos las ha dado también a nosotros, para vencerlo. El demonio puede todavía tentarnos, todos podemos ser tentados, como lo demuestra la oración contra el maligno que el mismo Jesús nos enseñó, en el Padrenuestro. Hasta el Vaticano II, al finalizar la misa se decía la oración a san Miguel arcángel, ese pequeño exorcismo compuesto por el papa León XIII y se leía el Prólogo del Evangelio de san Juan precisamente en clave liberadora.
 
La existencia del demonio es un dogma.
Cristo habla de él en la Biblia.

Quien niega su realidad no 
puede ser católico.
Su Eminencia ya no sabe qué decir. Ni habla ni reacciona. Me levanto, me despido y salgo. Y pienso: ¿Hasta aquí hemos llegado? Y sabiendo que hasta principios del Medievo los exorcistas existían en todas partes. Después, desafortunadamente, algo cambió.

En el primer milenio abundan los grandes padres de la Iglesia que hablan del diablo. Luchan contra él. Lo ven. Por eso hablan de él. Sus testimonios son únicos. Entre los más sugestivos y fuertes están los de los monjes del desierto. Sus batallas contra Satanás tienen un no sé qué de épico.
 
En Occidente es fuerte la tendencia, en parte debido al derecho romano, a querer regularizarlo todo. Ya a fines del siglo II san Ireneo habla con admiración de los exorcistas como de una categoría aparte, a pesar de que todos pueden pertenecer a ella. En Roma, el papa Cornelio, en una carta suya del 251 es el primero que habla de los exorcistas como de poseedores de un oficio sagrado. Creo que puede considerarse como concluida esta institución del sacramental del exorcismo en el año 416, cuando el papa Inocencio I establece que los exorcismos pueden ser administrados solo después de la autorización episcopal. Esta es la disciplina hasta ahora vigente (con la precisión de que el obispo puede dar la facultad de exorcista solo a los sacerdotes).
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